A algunos les gusta nadar en una pileta de cerveza. Otros se bañan en vino.
Yo tuve un sueño modesto que por fin pude realizar después de mucho sacrificio: me compré una botella gigante de champagne.
Y sí, los gustos hay que dárselos en vida.
La botella tiene cincuenta mil litros. Mide como cuatro metros de alto y cinco de diámetro. Como no la puedo tener en casa, pago un frigorífico para que me la mantengan fresquita fresquita.
Es una excentricidad, ya lo sé. Pero era el sueño de mi vida.
Sin embargo, justo ahora a fin de año, cuando la iba a descorchar para brindar con mi familia, descubrí algo terrible.
El negro que cuida el frigorífico se tentó, destapó la botella, se quiso tirar adentro y quedó atrapado en el cuello.
Hoy cuando lo vi lo quería matar.
Encima el muy hijo de puta quedó trabado. No sale ni para arriba ni para abajo.
Me dicen que rompa la botella para sacarlo al negro. ¡Minga que la voy a romper!
La otra opción, por supuesto, es traer un sacacorchos gigante y clavárselo al negro para ver si lo sacamos. No me interesa si está vivo o muerto.
Eso sí, los compañeros del frigorífico me pidieron piedad. Yo voy a ver qué hago. Me piden que sea compasivo, que el negro tiene familia, que es un buen tipo.
¡Buen tipo! ¡Un buen tipo no se zambulle así en una botella gigante!
Y la verdad es que matarlo así, fría y lentamente, es una cosa fea: la sangre, por ahí, chorrea para abajo y me contamina todo el champagne
¿No habrá algún modo de limpiarlo rápido y elegantemente al negro antes de descorcharlo?
(Jo jo jo... Esta búsqueda apunta a este mismo blóoo)