Si no fuera tan despistado, no hubiera pasado nada.
O sea, la excusa hubiese sido perfecta.
Cuando llamé por la mañana para avisar que no iba a ir al trabajo, todos me creyeron, me dieron aliento, desearon que todo pasara pronto y que el día de mañana nos pudiésemos reir todos juntos de ésto como una anécdota más.
La cuestión es que les dije que camino a la oficina había sido raptado por cuatro hombres armados, que hubo un tiroteo con un policía de civil que vió cuando me secuestraban, que hubo una persecución que involucró cinco patrullas y un helicóptero, que la camioneta en la cual me llevaban fue impactada por un tren que nos arrastró unos quince kilómetros, hasta llegar a un puente desde el cual nos vimos arrojados a un río, pudiendo escapar de milagro por una ventana antes de ahogarme, que si no fuera por las sirenas que me insuflaban aire entre beso y beso yo ahora estaría muerto igual que los secuestradores y los venusinos subacuáticos no me hubieran abducido con esas naves submarinas con la que me llevaron a través de túneles oscuros por debajo de las placas continentales, emergiendo recién en Sumatra, donde pude huir gracias al descuido de estos seres y que apenas pude los llamé a la oficina para avisarles y chau, corto que se me acaba el crédito, cuando pueda contacto con la embajada y con suerte estaré en pocos días por ahí.
Y me fui a pasear por el centro, despreocupado y tranquilo, con mis días libres por delante.
Con tanto tiempo libre que no sabía que hacer.
Ya sé, pensé, le voy a llevar unas facturitas a los muchachos de la oficina.
Y me olvidé completamente que yo estaba en "Sumatra".
Así que acá me tienen, sentado en mi pc, aguardando que se desocupe mi jefe, quien exigió que lo espere para hablarme y me interrogue seguramente de muy mal talante.
Es que inventar una excusa para justificar una falta, vaya y pase, es pan comido.
Pero ahora, inventar una excusa para justificar que ahora sí vine, es otra cosa.