Enanos de mierda.
A mi mala suerte no le basto hacer naufragar el barco, dejar que el mar me arrastrara en medio de la tormenta y arrojarme en la sucia arena de esta playa desconocida.
Encima ahora hay enanos.
Llegué quien sabe como hasta el amparo de los cocoteros, echándome boca arriba para tratar de reponerme un poco antes de empezar a buscar la forma de volver a la civilización.
Creí que había sido un milagro poder conciliar el sueño, pero ahora que despierto me veo rodeado de enanos. Rodeado y maniatado por enanos.
Tengo el cuerpo totalmente inmovilizado y a duras penas puedo mover todavía un poco la cabeza, mientras estas abominables criaturas se empeñan en seguir atándome con sogas y fijándome con estacas al suelo.
Pero decir enanos, pensándolo bien, no es lo apropiado: la contextura de esta gente es la de un hombre normal, proporcionado, europeo, pero de doce centímetros de altura.
¿Qué están haciendo?, ¿qué pretenden de mí, canallas?
Allá veo un grupo de enanos narigones fisgoneando mis zapatos, ojalá pudiera patearlos.
Más cerca, montados sobre mi pecho, hay una docena de enanos extremadamente oscuros intentando desabrochando la camisa.
Sobre mi rostro, casi obstruyéndome la totalidad de la visión y apoyando sus sucios pies en mi nariz, cuatro enanos verdaderamente hermosos están deliberando en una lengua desconocida algo que no alcanzo a imaginar.
¡Si pudiera entenderlos!
¿Será casualidad que se agrupen por características físicas sobre mi cuerpo o habrá alguna relación con lo que traman hacerme?
¡Por Dios, como que me llamo Gulliver que voy a averiguar qué están pergeñando los bellos que están en mi nariz!
Y así de esa manera, sabré si tengo que preocuparme o no por los enanos dientudos que se están colando por mi bragueta.